MARINO Y ESMERALDA. Cine de auténtica autoralidad.

Hace un par de años, el director de cine regiomontano Luis R. Garza, me escribió por Whatsapp: "quiero hacer una película con mis cámaras super 8 y de 16 mm, filmarla, revelarla, editarla y musicalizarla yo mismo. Tengo una idea para hacerlo funcionar."
La idea me pareció intrigante y curiosa, sobre todo de un hombre al que he escuchado defender férreamente su postura acerca de que el cine debe pensarse primero y fundamentalmente como forma para que esta vaya desenevolviendo el fondo desde el proceso creativo. La forma como fin, pero también como un vehículo creativo al que el autor debe subirse y dejarse llevar por su mismo motor, descubriendo así nuevos terrenos cinematográficos.  

No voy a ocultar que Luis es mi amigo, primero porque me causa satisfacción y segundo porque es fácil que cualquiera lo sepa, una vuelta por IMDb revelará que trabajé como editor en su anterior película Palomar (2017), una pieza sobre el duelo de un hombre ante la muerte de su familia y su reconciliación con la vida, realizada combatiendo el clima, con una cámara de gama asequible, sin apoyos del gobierno o de alguna casa productora, con ahorros del director, favores de su familia y la voluntad y trabajo de muchas personas. "Para editar, busco a alguien que piense completamente distinto que a mí", me dijo de nuevo en su búsqueda de la forma y salir de su zona de comfort.
Al lector solo puedo garantizar que lo que escribo en este artículo está motivado por un genuino interés en la película, no en el hecho de que sea mi amigo.

Luis es mas que un director o un apasionado del cine, es un tipo que ha logrado incorporar el quehacer y estudio del cine a su vida diaria. Su hábito de comprar cámaras antiguas, rollos fílmicos y proyectores en bazares y tianguis le ha causado mas de un regaño marital; transfiere a video, hace fotografía fija, revela, imprime, amplía, escribe, edita, toca el piano, corrige color, narra voz en off, fue maestro y por nueve años director de programación del Festival de Cine de Monterrey, lo que le dio oportunidad de ver cientos de películas de todo el mundo.
No forma parte del círculo de cineastas privilegiados de México, jamás ha sido apoyado por IMCINE no tiene contactos con las grandes productoras de la capital, radica en Monterrey, se mantiene alejado de ese medio y defiende el derecho de los cineastas en ciernes y cortometrajistas de ser vistos y difundidos.

Por todo esto, era natural que algún día persiguiera una ambición como la de su más reciente largometraje de ficción Marino y Esmeralda.


Marino y Esmeralda es una película atípica, filmada en bajo milimetraje con rollos blanco y negro de 16 mm. super 8, y fotografías fijas en 135 y 120, lograda por un crew de una persona y cast del mismo número; dirigida, editada, producida, musicalizada, fotografiada, sonorizada y musicalizada por él mismo.
Narrada en tercera persona, -también con voz del director- cuenta la historia de Marino, un joven estudiante foráneo de cine, quien armado con una cámara de bolsillo sale de su lugar de origen para irse a estudiar, entonces conoce a Esmeralda (Stéphanie Rose), una estudiante de sociología y artista plástica, de espíritu misterioso y distante. En la confusión natural que provoca la juventud,  Marino cree haberse enamorado de ella y encontrado a su musa.

Stéphanie Rose como Esmeralda

Nunca vemos a Marino a cuadro, no miramos su rostro. Pero lo conocemos de una forma mucho más interesante y significativa: a través de su mirada, que todo el tiempo se traduce en la cámara que él mismo opera. La película siempre es la mirada ingenua de Marino, buscando y encuadrando a quien él cree su musa, la película se devela así ante nosotros como un recuerdo de un muy personal tiempo pasado.

A medida que la relación entre ellos avanza, conocemos los pensamientos y emociones de él a través de su proceso de individuación, sus especulaciones sobre las motivaciones de ella, su huella de dolor desde la infancia, lo que los une y los separa.

La historia se mueve a través de experiencias que la libertad les da como estudiantes mexicanos foráneos construyendo amistad, paseando por el campo o la ciudad, charlando sobre sus vidas, trabajando proyectos artísticos escolares, pasando ociosas tardes libres o acudiendo a la primera protesta social de Marino, quien creció en desconexión con la realidad.



El difícil entendimiento con su amiga, quien esconde por debajo de lo evidente un dolor que la define, hace que Marino cambie y abra sus ojos a un mundo que no podía o quería ver; a problemáticas personales y sociales, trascendiendo así su ingenuidad, pero quedando en él una huella de dolor dentro de su nueva madurez.
La película es un sutil coming of age con el drama apenas necesario, pero por esta misma razón es paradójicamente muy poderoso.

El mayor logro de Marino y Esmeralda no es cosa sencilla, se trata de la aspiración del artista-cineasta, encontrar la manera de contar esta historia por necesidad artística, pero haciendo que sea imposible pensar la película y su fondo separado de la forma, cada segundo de imagen, aparentemente cotidiana, logra adquirir significancia, profundamente ligada al sentimiento melancólico de la juventud, a una reflexión sobre el difícil entendimiento entre hombres y mujeres, la necesidad de contacto humano, cariño y los motivos de la pasión artística.
Es en este último tema en donde encontramos la cualidad metasintagmática del filme, el punto en que la ficción trasciende y hace que la película se convierta en un apunte del director, en su firma; este filme es sobre un muchacho -aspirante a cineasta- que filma lo que ve, pero el director se pone en la mirada de su personaje y cada imagen que vemos es justamente eso, una mirada que es mezcla indivisible entre autor y personaje.
Marino (y el director) filman imágenes cotidianas, a Esmeralda maquillándose, paseando por el centro de Monterrey, mojándose con una manguera para refrescarse en un día de campo. A través de la revelación paulatina de una historia que se cocina lento y lo que el narrador cuenta, estas filmaciones se convierten en escenas que dotan a ambos personajes de carácter y profundidad, nos dejan con un sentimiento de melancolía y reflexión sobre la otredad.



Con la narración, el autor desde la tercera persona, nos dota del mundo interno de los personajes, sus procesos de crecimiento, su pasado y sentimientos, como si estuviésemos leyendo una novela, este logro formal nos permite hacernos partícipes activos de las reflexiones y vincularnos humanamente con ellas, a diferencia de ser simplemente espectadores y escuchas pasivos.

Al ser totalmente realizada por una persona -o dos- mediante una libre búsqueda, ayudada con la premisa como brújula, la película es consistente y se abre como una flor ante su público como un regalo.

Así, la película hace honor a la esperanzadora premonición del cineasta y escritor Robert Bresson cuando aseguró que el cine une a las personas a través de sus miradas y se convertiría en un medio cada vez más personal, en donde cada quien tendría su propia cámara y con ella filmaría su propia realidad con su interpretación del mundo, casi a manera de un diario y que esto nos permitiría tener un cine auténtico y diverso, al aplicarse un buen cineasta a imágenes insignificantes, para volveras significativas.

Esta premonición, según mi opinión, no se ha cumplido cabalmente, ya que la industria del cine ha acaparado formas y espacios, por esto es refrescante ver una película como Marino y Esmeralda, que al romper las convenciones formales nos otorga un cine "menos perfecto, pero más libre", como dijo el cineasta Jonas Mekas.

Estamos ante una película excelente, de experimentación cinematográfica bien dirigida, ritmo cadencioso y arco dramático sutil, que dejará satisfecho a cualquier persona que busque reflexión y ser conmovida con un cine de auténtica búsqueda, que se aleje lo más posible de lo convencional.
Al final, queda la sensación de haber visto una película verdadera, en el sentido más humanista de la palabra.

Intencionalmente buscando el pleonasmo, Marino y Esmeralda es un filme de auténtica autoralidad, una rareza, una joya.


Marino y Esmeralda es parte de la Selección Oficial del Festival Internacional de Cine de Monterrey 2020, por la contingencia del COVID-19 podrá verse en línea por un máximo de 500 personas el sábado 15 de agosto del 2020 a partir de las 12 del día, a través de la plataforma Cinépolis Klic.

Aquí los pasos para verla:


Puede visitarse su sitio en el festival aquí:


El trailer se puede ver aquí:

https://vimeo.com/384609988



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