Divagación sobre Diana Christensen (Network) y la Posmoderna Lógica Contractual del Amor

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Max Schumacher: I'm the man that you presumably love. I'm a part of your life. I live here. I'm real. You can't switch to another station.

Diana Christensen: Well, what exactly is it you want me to do?

Max Schumacher: I just want you to love me. I just want you to love me, primal doubts and all. You understand that, don't you?

Diana Christensen: I don't know how to do that. 

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Max Schumacher: You need me. You need me badly. Because I'm your last contact with human reality. I love you. And that painful, decaying love is the only thing between you and the shrieking nothingness you live the rest of the day.

Diana Christensen: Then, don't leave me.

Max Schumacher: It's too late, Diana. There's nothing left in you that I can live with. You're one of Howard's humanoids. If I stay with you, I'll be destroyed. Like Howard Beale was destroyed. Like Laureen Hobbs was destroyed. Like everything you and the institution of television touch is destroyed. You're television incarnate, Diana: Indifferent to suffering; insensitive to joy. All of life is reduced to the common rubble of banality. War, murder, death are all the same to you as bottles of beer. And the daily business of life is a corrupt comedy. You even shatter the sensations of time and space into split seconds and instant replays. You're madness, Diana. Virulent madness. And everything you touch dies with you. But not me. Not as long as I can feel pleasure, and pain... and love.

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--- NETWORK (1976), guion de Paddy Chayefsky, dirigida por Sidney Lumet.

Network es una de mis películas favoritas, así que el fin de semana -después de ahorrar y tomar una promoción del 30% de descuento- fui a ver su adaptación al Teatro de los Insurgentes.

La obra siempre será potente por el texto que la guía, este escrito no será una crítica a la puesta, ni siquiera será una opinión sobre ella, más bien se trata de un aspecto que redescubrí al revisitarla después de un tiempo.

Descubrí que la historia y caracterización del personaje de Diane Christensen, interpretado por Faye Dunaway en la película y por Zuria Vega en el teatro, es hoy más relevante que nunca.

Va un resumen brevísimo (e injusto) de la historia:

Howard Beale, el presentador de noticias estelar de la cadena UBS, será despedido pronto de su noticiero, debido a bajos ratings, es avisado por su amigo Max Schumacher, presidente de la Divisón de Noticias. Decide entonces anunciar que se suicidará en vivo en su última transmisión debido a que su trabajo es lo único que le queda en la vida. 

Esto desata la sátira y el drama, que entrecruza las historias de varios personajes que trabajan en la cadena de televisión, todos caracterizados perfectamente en algún momento de sus vidas y con intereses por defender; entre estos personajes está incluida a Diana Christensen, joven encargada de programación, de poderosa ambición, obsesionada con su trabajo y con una ética cuestionable orientada a un sólo fin: obtener el rating y con ello, todo lo que este pueda darle.

Diana es fría, calculadora, insensible a las realidades ajenas, orientada a resultados prácticos y tiene su trabajo como única motivación e interés, está enajenada por su trabajo en la cadena como lo está por la televisión misma. 

En un acto que puede ser interpretado desde el interés en lograr sus fines y subir en la cadena de mando de la empresa tanto como un intento de establecer contacto humano por una motivación inconsciente desde el alma profunda, Diana seduce a Max Schumacher, ahora anacrónico (convertido así por ella) presidente de la Divisón en el otoño de su vida. Él, motivado por la chispa juvenil que le ofrece ella para reencontrar su perdida pasión interior accede a engañar a su esposa con quien lleva 25 años de matrimonio.

Toda decisión que Diana toma está orientada a la eficiencia, no hace ni dice nada que pueda ser inconsecuente o irrelevante para sus fines de crecimiento laboral, esta lógica dicta su comportamiento tanto en el mundo del trabajo como en su vida personal, incluso en su vida sexual, en donde el trabajo, los números y la eficiencia le producen excitación; así, su mundo interior se amalgama con su trabajo, no existe una frontera. Su personalidad es la devoción al trabajo y a la cultura de este.

Creo que este personaje escrito para una película estrenada hace 46 años, dice mucho sobre nosotros hoy en día.

En algún momento de su trama, Network confronta dos visiones del mundo: la de la individualidad y libertad personal, en donde individuos o grupos tienen poder sobre las decisiones en el gran sistema que les afectan directamente, contra el punto de vista del Señor Jensen: la libertad económica sobre todas las cosas, en donde el individuo se ve convertido en un instrumento para servir al sistema económico mundial y a cambio de su participación es alimentado y entretenido por este, formándose parte de una masa (sabemos que todo sistema está manejado por individuos poderosos y el servicio es más hacia ellos que hacia uno mismo).

Este segundo sistema es el dominante hoy en día, la historia del capitalismo nos ha llevado a su aspecto más salvaje y enajenante. La enajenación es distinta a la individualización en el sentido de que la primera inserta al sujeto entre la masa, inhibe el pensamiento libre e individual y no existe el autodescubrimiento, a diferencia de la segunda. 

El sueño del Señor Jensen está lejos de ser el estado ideal del ser humano, vemos con toda evidencia que la brecha de desigualdad cada vez está más abierta, la monstruosa acumulación de la riqueza contrasta con la aplanadora de pobreza, la derregularización del mundo del trabajo, el fenómeno colateral de la inflación provocada por los crecimientos económico, poblacional y las crisis cíclicas, la predominación de la cultura del consumo sobre la identidad colectiva e individual, la erradicación de la filosofía, de la noción de principios individuales y de gozar un mundo interno en favor de la productividad en el sistema, la sobreimportancia de la imagen exterior y el fabricar o poseer bienes como sustituto para aliviar ansiedades existenciales, está llenando al mundo de Dianas Christensens.

Veamos por ejemplo la predominación de las apps de citas, como Tinder o Bumble, en donde los individuos se presentan voluntariamente bajo la misma lógica de vender productos en un aparador digital, intentan venderse con la mejor descripción de tal producto y las fotografías que más atractivas resulten para seleccionarlo. El individuo se convierte en un objeto de compra-venta, en el que ambas partes ganan, ninguna pierde demasiado su tiempo y energía y rápidamente puede saberse hacia donde va la transacción. Y lo mejor, si el acuerdo deja de resultar conveniente, simplemente se anula el contrato y no vuelves a ver el producto (la persona) nunca más, puedes devolverlo.

Pero, vamos más allá de lo evidente.

En lo que me parece un natural reflejo colectivo para intentar lavar la culpa ante esta deshumanización, ha surgido recientemente un amplio movimiento en redes sociales que se ha convertido en hito cultural que apela a la "responsabilidad afectiva" mediante "la claridad" al momento de iniciar lo que podría ser una nueva relación. Se pretende que las dos partes expongan de manera completamente transparente, asertiva, madura y casi etérea lo que buscan obtener de ella para que así puedan ambas partes tomar una decisión de a donde llevarla, evitando así la pena y culpa de dejar "cadáveres emocionales" en el camino. 

Esta doctrina, como la del liberalismo económico, no funcionará para sus fines, porque es un síntoma que replica su misma lógica, elaboro:

Personalmente estoy totalmente a favor de la madurez y la frontalidad en una relación amorosa, la mayor parte de los problemas en pareja tienen que ver con una incapacidad de trabajar el amor o una falta de interés en aprender a hacerlo si entendemos el amor como un proceso mutuo de dar/recibir que ofrece a través del otro, una faceta más del autodescubrimiento.

El problema que veo en esta nueva doctrina popular es que nuevamente está naciendo desde el punto de vista de la eficiencia del tiempo, la energía y de ponderar por encima de todo lo que individualmente se va a recibir en la transacción, es consecuencia directa del orden del liberalismo económico, en donde no hay tiempo para conocerse a si mismo ni para conocer al otro, crecer espiritualmente juntos, dejarse habitar por sentimientos que lleven a trabajar la relación y redescubrirse a través de ella. 

Pretende que el individuo ponga sus términos y condiciones a priori, antes de aventurarse, lo cual es contrario a la fe como filosofía necesaria para aceptar la aventura, como si fuera la negociación de un contrato y la relación un servicio prestado; si en algún momento una de las dos partes cambia de opinión o no cumple con lo acordado, entonces la otra tiene el derecho inmediato de terminar tal contrato y salirse del acuerdo, las letras dan así la válvula de escape perfecta para ahorrarse una monserga en este complicado mundo en donde primero hay que tener tiempo y energía para ganarse el dinero, subir de posición, conservar el status y atender a la vanidad.

De nuevo, estoy absolutamente a favor de que una persona pueda decidir cuando entrar o salir de una relación, un trabajo, un negocio, una cuenta de banco, nadie debería tener que quedarse a la fuerza donde no quiere estar. Pero una relación humana no es equiparable a una transacción económica, es algo bastante complejo, misterioso y particular.

Creo que esta doctrina podría estar afectando psicológicamente y sirviendo como excusa para justificar la aversión al compromiso de quienes la siguen dogmáticamente, al pie de la letra, paradójicamente generando una predisposición en contra del trabajo y compromiso que una relación conlleva, para que funcione se necesita que el ser humano sea un ideal; un ente que para ser parte y objeto de un contrato de compra-venta debe ser inmanente al cambio, que no trascienda ni se mueva y que dentro de una relación en pareja tampoco sufra cambios, que no tenga dudas, que no cambie de opinión, que su abanico de sentimientos y pensamientos no sea fluctuante, dejándolo sin derecho a este. Pretende que los términos y condiciones se mantengan igual que en la última negociación, so riesgo de desanimar al otro y ofrecerle así una salida inmediata que estaría dispuesto a tomar en favor de la eficiencia y la claridad. 

Esta doctrina que viene más de la defensa propia y de la culpa, disfrazada del interés por el otro, (como la religión), seguirá dejando "cadáveres emocionales" (vaya hipérbole que se inventaron, como si las personas estuvieran muertas y no tuvieran capacidad de reanimarse), porque -al igual que el liberalismo económico que tiene como doctrina la libre competencia- niega la condición humana y promete algo que jamás podrá cumplir, que todos actuemos siempre, etéreamente, con la claridad de lo que sentipensamos y sentipensaremos en el futuro. Nos enfrasca en una lógica mercantilista, contractual, de datos y eficiencia. Nos brinda antes de todo una conveniente excusa para renunciar. 

Estoy del lado de descubrir al otro, disfrutar la conexión, dejarse cambiar, brindar ternura, cariño, cuidado, navegar la relación como un río, libre de cualquier lógica capitalista, siempre desde el amor, que es dar al otro y procurarle su bienestar, aceptar y abrazar los cambios, comunicar con asertividad y tomar decisiones con base en las realidades y circunstancias que se van presentando, enfrentar los conflictos juntos, llegar a acuerdos con el amor -también complejo y cambiante- como brújula y cuando este se extinga por completo, saber retirarse, ¡pero también saber cuando continuar!

Si, responsabilidad afectiva ante todo, pero sin negación del flujo humano, que no exista una lógica contractual que sirva como excusa para el miedo.

No se puede saber lo que va a pasar en una relación a priori, afortunadamente las relaciones no son un Tratado ni una Legislación, la lógica de regla y negocio de estos viene de la prevención, de la defensa de los intereses propios, de la eficiencia, del miedo a ser defraudado o timado o del miedo a perder el tiempo.

Una relación no debería partir ni operar desde el miedo, sino desde la fe en dar, del trabajo y del entusiasmo. Debería de operar desde lugares muy distintos a los del negocio.

Ya hay suficiente miedo en nuestro mundo como para dejar que nos quite la libertad hasta en nuestras relaciones humanas, como dice Howard Beale en Network: "los tenderos tienen un arma debajo de sus mostradores, nuestro aire no es apto para respirarse, nuestro alimento no es apto para consumirse."

El calentamiento global es una realidad, es un hecho científico que las catástrofes llegarán pronto y al orden mundial de la comodidad aparente le quedan menos de tres décadas.

El único consuelo, la única libertad que diviso en este panorama es la que puede brindar el amor irrestricto, libre de temores, alejado de la lógica del capitalismo, que mediante el trabajo nos brinde autoconocimiento, no la enajenación que nos lleva a la vacuidad de personajes como Diana Christensen. 

Suficiente capitalismo hay ya destruyéndonos por todos lados, como para dejar que penetre en el amor, en nuestras personalidades y que nos deje como a ella: vacíos y sin libertad incluso hasta en el Cataclismo que nos provocará.







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