Crónicas Conservadoras: Educación Privada
Cuando era niño, crecí y fui a la escuela en la ciudad de Celaya, Guanajuato; en ese tiempo un estado pintoresco de idiosincrasia medieval que aún vivía en relativa calma, el pasto era verde, el cielo era azul y la educación era laica en la letra, pero religiosa en la práctica.
Hoy en día es casi todo igual, con la excepción de que el pasto está seco por la sobreexplotación de acuíferos para la industria y que el cielo a veces se cubre por el humo negro de los vehículos incendiados por el narco.
Una combinación de factores llevaron a mis padres a decidirse por inscribirme a escuelas privadas para estudiar de kinder hasta preparatoria; el primero de los factores fue la conocida incapacidad del gobierno para brindar una educación con buenas clases de inglés, el segundo fue la necesidad de mi madre de insertarse en lo que ella consideraba la alta sociedad a través de meterme a mi en ella desde niño, esta estrategia resultó poco fructífera y desencadenó vergüenzas para ella y golpes para mí, ya que ni los niños de la alta me querían y yo -por consiguiente- no los quería a ellos.
La escuela primaria y secundaria a la que fui se llama Instituto Bilingüe Andersen, su nombre viene del cuentista infantil Hans Christian Andersen, famoso por La Sirenita en su versión más deprimente, El Traje Nuevo del Emperador y El Patito Feo, entre otros.
El pueblo celayense que no formaba parte de mi comunidad escolar casi siempre se refería a la escuela como "El Anderson", ignorando probablemente las constribuciones de Hans a la literatura universal (algo entendible si uno piensa que el nacimiento de Andersen ocurrió 313 años después del final histórico del medievo). Yo siempre corregía, nunca sin el evidente juicio del interlocutor hacia mi irritante presunción intelectual siendo un niño ya que mis padres, más para inculcarme una fidelidad casi patriótica a mi nueva escuela privada que para brindarme cultura o necesarias habilidades sociales con los mercaderes, herreros y bardos del barrio, me pusieron a leer los cuentos del autor y se esmeraron en dejarme bien claro su nombre.
Para educarme, si, pero tal vez era también una manera de desquitar que a mi papá la colegiatura le saliera en un ojo de la cara, querían que me gustara la escuela.
Pero este no es el tema que nos atañe.
Lo que nos atañe es darnos cuenta que poco importa si una escuela privada es demasiado cara o lleva el nombre de algún prócer de algún tipo, ya que últimamente he recordado barbaridades ideológicas que me dijeron tres maestros en esa tierra sin ley que es la educación privada en México y quiero compartirlas:
1. "A los ciclistas te los cobran como nuevos."
En algún momento de la secundaria, tuve como maestra de la materia de Civismo a una abogada que terminó enseñando en una escuela y a la que se le respetaba por ello, le decíamos Miss Conny (hoy día, me repugna pensar que de mi boca salió la palabra Miss para referirme a una maestra).
Ella, la maestra de Civismo, nos reveló en clase que en el bajo mundo de los abogados se decía que la Constitución Mexicana era "la prostituta más grande de México", porque "había sido mil veces violada". Esto haría poner el grito en el cielo a cualquier trabajador social o activista en favor de las trabajadoras sexuales y a legalistas enfocados en la dignidad de las mujeres abusadas sexualmente, pero sorprendentemente no así a la dirección ni a algún padre de familia. Sin embargo, no puede decirse que no tenga cierta razón en que la Constitución se viola flagrantemente todo el tiempo en México, así que en ese sentido se la podríamos pasar, esto es sólo para pintar un retrato de la Miss abogada.
La barbaridad ocurrió cuando la abogada nos dijo a todos los púberes del salón del 1o o 2o B que si alguna vez atropellábamos nosotros, o nuestros padres, a un ciclista con nuestro automóvil y nos dábamos cuenta de ello, lo mejor que podíamos hacer era proceder a "rematarlo de un reversazo" (haciendo el ademán de ir en reversa) "sale más caro dejarlos vivos, porque te demandan y te los quieren cobrar como nuevos."
Esto causó risas, pero tampoco algún escándalo.
2. "No coman elotes de los señores de la calle."
En alguna ocasión, probablemente en sexto de primaria, la escuela organizó una conferencia sobre Higiene y Alimentación en el Salón de Usos Múltiples, el ponente fue el famoso Doctor y mi pediatra Antonio Chaurand, "de los Chaurand de Celaya", en tiempos recientes eterno candidato del partido izquierdista (cuando no lo sabotean internamente, tal vez porque los votantes no saben pronunciar su apellido afrancesado) y nieto de quien fuera el gran presidente municipal Antonio Chaurand Concha con su nombre en una calle del centro.
Un buen hombre, agradable, bromista, preocupado por la sociedad y la niñez, la persona a quien todo mundo saluda en la calle. Es además, gran amigo de mis padres, tanto así que le llamaba "tío" de cariño y es mi padrino de Primera Comunión (ritual medieval muy importante).
Toño, como le decimos sus amigos, dio la conferencia para todo el alumnado de la escuela, todos los grupos y grados estaban ahí, fue amena, divertida, llena de bromas y muy didáctica, nos enseñó la manera correcta de lavarnos las manos antes de comer y después de ir al baño, cómo y por qué había que desinfectar las verduras, entre otras cosas.
Pero lo que más impacto tuvo fue lo siguiente:
El doctor Chaurand tuvo a bien decirnos a todos que no deberíamos comer elotes o esquites en la calle, mejor que nosotros o nuestros padres compraran el elote para hervirlo y prepararlo en casa, ya que la higiene de los elotes callejeros era dudosa, "imagínense que el elotero va en su triciclo y de pronto le dan ganas de hacer chís y no tiene donde ir al baño, ¿ustedes donde se imaginan que se orina?", a la pregunta siguió un grito general de asco, todos entendimos que el ahora eterno aspirante de la izquierda local se refería al balde lleno de agua y elotes como mingitorio personal del pobre vendedor ambulante precarizado.
Mi papá, gran fanático de los elotes preparados del centro, pero sobre todo de no prepararlos en casa cada que se le antojaba uno, por supuesto hizo caso omiso de la recomendación de su compadre. Durante un tiempo yo sentí que mascaba meados cuando me comía uno hasta que eventualmente lo olvidé.
3. "Te voy a explicar los mensajes subliminales la próxima clase."
Durante la secundaria, se puso de moda entre la sociedad celayense hablar de supuestos mensajes subliminales satánicos y sexuales en canciones como la popular Azerejé del grupo Las Ketchup cuya letra los sacerdotes católicos afirmaban ocultaba conjuras a Satanás, este tipo de afirmaciones también le tocaban a las caricaturas que veían niños y púberes (tal vez algo un poco mejor comparándolo con los sacerdotes cristianos de otros pueblos medievales inventando y difundiendo el rumor de que los judíos bebían sangre de niños cristianos a quienes sacrificaban en sus sinagogas, aprovechando la ignorancia de lo que en ellas sucedía y naciendo así el antisemitismo.)
Preocupado de que las fuerzas de Satanás pudieran estarme manipulando, me acerqué al profesor Heredia, un señorcito parecido al Hombre Pollo de la película Toy Story 2, pero de más edad, estatura baja, lentes, calvo, pero con unos pelillos peinados en el coco, gordito fofo y de voz gangosa que a todos nos divertía imitar, particularmente diciendo la frase "el hombre de Cro-Magnon"; nos daba dos clases, la de Historia Universal y la de Creatividad, esta última sucedía únicamente los jueves de 2 a 3 de la tarde después del horario de salida habitual de clases. Era, por mucho, mi clase y profesor favorito, sentí que por su cercanía hacia la juventud contemporánea y su conocimiento sobre las manualidades podría asesorarme sobre los mensajes subliminales.
Le pregunté por qué decían que Batman del Futuro (Batman Beyond) difundía mensajes subliminales y aconsejaban a los padres no dejar que sus hijos lo vieran en la televisión. Con estoicismo y seguridad tranquilizadora, el profesor Heredia me dijo con su voz gangosa "la próxima clase tráete el póster de Batman del Futuro y un espejito de mano, puede ser de tu mamá, y te voy a explicar los mensajes subliminales."
Toda la semana estuve emocionado e impaciente por la próxima revelación, saqué un espejito del cajón de mi mamá, me conecté a internet telefónico, descargué la imagen en la computadora, la imprimí y metí todo bien guardado en mi mochila. Al final del siguiente jueves, me acerqué a la mesa del profesor, me dijo que pusiera la imagen sobre su escritorio, obedecí y él, como todo un experto observó durante unos segundos la imagen, luego me dijo que le diera el espejito. Procedió a ir pasando el espejo por la imagen, dándole vueltas, manipulando el reflejo por diferentes ángulos, buscando algo con gran concentración... hasta que al fin, encontró lo que buscaba.
"¿Ya viste?", me dijo.
Yo no veía nada.
"Pero ahí está claramente, parece que la boca del Guasón es una mujer haciéndole una felación."
Yo no sabía lo que era una felación.
"¡Pues que le chupa su pene, hombre!"
Esa fue la primera vez que supe de ese concepto en mi vida.
Asustado, dejé de ver Batman del Futuro. Lo retomé recién hace dos semanas a mis 33 años, ya sin miedo a las felaciones.
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